Reseña

Alexandra Álvarez Muro. Reseña de Rebeca Barriga; Pedro Martín. 2010. Historia sociolingüística de México. Vol. II: México contemporáneo. México: El Colegio de México. Infoling 11.45 (2012) <http://infoling.org/informacion/Review77.html>

Se trata del segundo volumen de esta importante obra para el conocimiento de la historia, la cultura y la lingüística de México, así como para la investigación sobre el español hablado en América. La obra total tiene 1328 páginas. El segundo tomo comienza en la página 697. Como se dijo en la reseña del primer volumen, las contribuciones provienen de especialistas en sociolingüística e historiografía del español y fue dirigida por dos conocidos lingüistas. Este volumen se ocupa de la actualidad mexicana, y varios de sus trabajos son lectura obligada para quienes se interesen no solo por el lenguaje, sino también por las formas de vida y las concepciones culturales en este Continente. Este tomo tiene diez capítulos, que siguen la numeración del volumen I.

El capítulo 13, de Frida Villavicencio, titulado “Entre una realidad plurilingüe y un anhelo de nación. Apuntes para un estudio sociolingüístico del siglo XIX”, es un magnífico estudio de corte socio-histórico sobre el siglo XIX mexicano y sus implicaciones sobre la problemática de las lenguas habladas en ese país y constituye una estupenda introducción para el segundo volumen de la Historia sociolingüística de México.

México empieza a modernizarse como consecuencia de dos acontecimientos mundiales, la revolución francesa y la revolución industrial. Los pueblos de indios sufren transformaciones como consecuencia de la incorporación a la república, al vivir el desplazamiento de sus lenguas y verse obligados a aprender español. La lengua se considera como un factor de identidad de la mexicanidad naciente y el español se asegura el dominio de lo público; la polémica que ocupa a liberales y conservadores es sobre si el español debe o no tener rasgos mexicanos. En todo caso, las lenguas indígenas quedan reducidas al dominio de lo privado, en el que paulatinamente también van siendo sustituidas. La disyuntiva en este terreno es que, si bien el indio como concepto es un elemento constitutivo de la identidad mexicana, los indios de carne y hueso representan un grupo que hay que integrar al progreso de la nación en la medida en que su marginalidad ‘retrasa’ el progreso del país. La autora revisa temas desde la denominación del “indio” hasta las tendencias hacia el exterminio o la asimilación del indígena. Una descripción interesante es la del establecimiento de las escuelas de primeras letras, las de leer y de rudimentos de doctrina cristiana, y las de escribir, para pocos alumnos, que luego iban a desempeñar empleos en la república, mientras los indios y las mujeres aprenden en las primeras. El español pasa a ser la lengua nacional; sin embargo, hay voces disidentes que proponen planes de educación bilingüe para los indígenas. Importante es el rescate de las fuentes coloniales que se realiza en este siglo, como la obra de Francisco Pimentel, Cuadro descriptivo comparativo de las lenguas indígenas de México, y el de Joaquín García Icazbalceta, Bibliografía Mexicana del siglo XVI.

El capítulo 14, de Rafael Olea Franco, se titula “En busca de una lengua nacional (literaria)”. El autor estudia los esfuerzos de los escritores mexicanos después de la independencia para la creación de una lengua nacional. Es un texto ameno y muy bien documentado. Estudia las obras tres autores mexicanos: El Periquillo Sarniento, de Joaquín Fernández de Lizardi, Astucia. El jefe de los hermanos de la hoja o los charros contrabandistas de la rama, de Luis G. Inclán, y Los bandidos de Río Frío, de Manuel Payno. Para ello comienza por revisar el poema de Andrés Bello, Silva a la Agricultura de la Zona Tórrida, otra obra escrita en los albores de la independencia venezolana donde, si bien se exalta la naturaleza criolla empleando un léxico regional, se conservan las formas clásicas y los géneros “prestados”. Asimismo se refiere a la polémica iniciada entre Bello y Sarmiento, y seguida por Rufino José Cuervo y Juan Valera, sobre el futuro de la lengua después de la independencia. La obra de Lizardi es inicialmente una novela por entregas donde el autor emplea el léxico local para caracterizar a sus personajes y, en la edición que se hizo después de su muerte, trae un pequeño glosario de mexicanismos. Astucia, la obra de Inclán, es una novela histórica de costumbres mexicanas con particularidades lingüísticas regionales, tanto que fue la base del Vocabulario de mexicanismos de Icazbalceta: fue criticada y alabada por los críticos según estuvieran a favor o en contra de los usos mexicanos en la literatura. Uno de ellos, González Peña, habla elogiosamente de su “vestidura verbal”. En ella aparecen voces de origen indígena y también rasgos morfosintácticos mexicanos. La novela de Payno, Los bandidos de Río Frío, tiene una abundante cantidad de mexicanismos y, aunque recibió ácidas críticas, fue bien recibida por el público.

El capítulo 15, de Yolanda Lastra, trata de “Diversidad lingüística: variación dialectal actual” y está dedicado exclusivamente a las lenguas indígenas. La autora se basa en sus propios estudios, y el texto está ilustrado con numerosos mapas, ofreciendo al lector muchos ejemplos recabados por ella misma. Un concepto importante para la elaboración del trabajo es el concepto de “inteligibilidad interdialectal”. El problema que aborda la autora es determinar quiénes hablan dialectos de una misma lengua, y emplea para ello el criterio de inteligibilidad que puede resumirse en que si los hablantes de la variedad A y los de la variedad B se entienden es porque hablan la misma lengua (p. 846). Uno de los momentos más interesantes del trabajo es la narración de su investigación para estudiar los dialectos otomíes, en San Andrés Cuexcontitlán e Ixtenco, municipios de Toluca y Tlaxcala respectivamente, empleando las conversaciones entre hablantes de los dialectos de esas localidades para determinar el nivel de comprensión entre ellos. La autora concluye diciendo que no cree que la diversidad lingüística sea mayor en Mesoamérica y en la zona norte de México que en otras zonas donde la población ha estado asentada por largo tiempo.

El capítulo 16 se titula “Diglosia y otros usos diferenciados de lenguas y variedades en el México del siglo XX: entre el desplazamiento y la revitalización de las lenguas indomexicanas”. Este capítulo, escrito por Klaus Zimmermann, comienza por una explicación crítica y actualizada del concepto de diglosia, en el que basa su descripción de la problemática mexicana. Hace énfasis en los conceptos de diglosia interna y diglosia externa, que se aplica a la diglosia dialectal y de lenguas distintas; también en el concepto de diglosia doblemente incrustada, con el que caracteriza la perspectiva de la sociedad mexicana. Asimismo acepta la coexistencia de los conceptos de diglosia y continuo, y la necesidad de considerar en la diglosia el contacto de las lenguas, aunque haya conflicto entre los hablantes. Considera que la legislación lingüística de la época colonial es responsable en mayor medida de la diglosia actual, y elabora sobre su hipótesis de que las lenguas indígenas en México están en peligro de extinción, incluso el náhuatl, porque sus hablantes forman parte de comunidades fragmentadas. Es pesimista en cuanto a la supervivencia de las lenguas indígenas, a pesar de la existencia de leyes que protegen a los pueblos indígenas y a sus lenguas, como la Ley Indígena del 2001 y la Ley General de Derechos Lingüísticos de los Pueblos Indígenas de 2003. Estudia con detalle la situación del otomí, del zapoteco, y del yaqui, mostrando lo diverso de estos casos y basándose frecuentemente en sus propios trabajos. Es un magnífico aporte a este volumen y seguramente lectura obligada para los estudiosos de la sociolingüística.

El capítulo 17, de Martha Muntzel, sobre “Lenguas originarias en riesgo: entre el desplazamiento y la vitalidad” describe el desplazamiento lingüístico, llamado también la muerte de las lenguas, haciendo alguna relación al caso mexicano. El capítulo ofrece un buen recuento de los antecedentes sobre el tema, recalcando los efectos de la aculturación y el papel de las ideologías lingüísticas en la desaparición de las lenguas, que empieza tanto en el abandono de las formas como de las funciones. Muntzel explica los diferentes tipos de desplazamiento de lenguas: la desaparición abrupta debida a la muerte de los hablantes, la muerte radical por represión política severa, el desplazamiento desde los contextos íntimos hacia los rituales o “patrón latinante” y el desplazamiento gradual, que termina por la adquisición imperfecta por sus últimos hablantes. Quizás lo más interesante del capítulo es la historia del cuitlateco de Guerrero y del matlatzinca de Michoacán. Anuncia algunas ideas para la revitalización de las lenguas.

El capítulo 18, de Pedro Martín Butragueño, se titula “El proceso de urbanización: consecuencias lingüísticas” y es un magnífico estudio, acucioso y completo, que abarca explicaciones sociológicas y lingüísticas sobre el tema. Entiende que la urbanización surge con la revolución industrial y que la ciudad es especialmente interesante para la lingüística, porque evidencia la variación entre los distintos grupos en los distintos niveles del lenguaje. Empieza por esbozar la historia y configuración de las ciudades prehispánicas, que, según el autor, sugieren una rica vida comunitaria local. El núcleo del sistema urbano colonial fue la ciudad de México y sus primeros pobladores tuvieron un papel fundamental en la constitución lingüística y cultural del territorio. En el primer siglo después de la emancipación, se observan pocos cambios y en 1900 todavía no hay ciudades grandes. El crecimiento se da entre 1950 y 2000, sobre todo a partir de los años 90, aunque según el autor “el hecho más notable en el sistema urbano mexicano es la primacía de la ciudad de México sobre el resto de las ciudades”. También en esos años comienzan a aparecer estudios de dialectología y sociolingüística. El desplazamiento hacia las ciudades trae como consecuencia el bilingüismo y con él también el desplazamiento de las lenguas indígenas. En la sección sobre “La ciudad lingüística mexicana”, dibuja el autor los rasgos demográficos de las ciudades y entre ellos el conflicto y la falta de integración de los recién llegados, y se pregunta si la ciudad forma una sola comunidad de habla o varias comunidades, un tema que está por resolverse. Postula como tema de investigación el contacto con las lenguas indígenas en las ciudades mexicanas, que todavía no ha sido bien estudiado. Los hablantes de lenguas indígenas ocupan un porcentaje bajo en la configuración de las ciudades, y la mayoría están en la capital. Allí el 99.5% de ellos son bilingües pero, a pesar de que todo anuncia un desplazamiento de las lenguas indígenas, han aparecido asambleas que buscan recuperar la identidad y el idioma. La lengua no mexicana más hablada en México es el inglés, y hay contacto también con otras variedades de español latinoamericano. El autor se aboca luego a la explicación de varios problemas de índole sociolingüística, como por ejemplo, el papel de las mujeres como líderes del cambio lingüístico. Señala, en cuanto a actitudes, la importancia que se le asigna a la lengua española por sus propias virtudes, como parte de la identidad nacional, y la preocupación por la corrección del idioma. Valora la fecundidad de los trabajos del pasado, algo que salta a la vista de los lectores que han tenido oportunidad de tener en sus manos el primer tomo de esta Historia. Abarca otros temas de interés sociolingüístico como son la aparición de la asibilación de r en los años 50 y su retracción actual, un fenómeno estudiado personalmente por el autor. Asimismo es interesante el debilitamiento de s, sobre todo en Veracruz, como variable no prestigiosa. Considera las diferencias de densidad léxica estudiadas entre la ciudad de México y otras ciudades, donde los textos provenientes de la capital muestran la mayor densidad léxica. Asimismo, se refiere a la pervivencia del léxico de origen indígena, que se da entre gente de más edad y de sexo femenino, y menos con respecto a voces relacionadas con la cosmovisión indígena. Asimismo dedica unos párrafos al estudio de las formas de tratamiento, que revelan una tendencia a la solidaridad, y a la habilidad para argumentar, que se observa en alumnos de la escuela privada no tradicional. En suma, es un amplio y bien fundamentado trabajo que servirá sin duda a estimular la investigación sobre el lenguaje urbano.

El capítulo 19, de Rebeca Barriga Villanueva, se titula “Una hidra de siete cabezas y más: la enseñanza del español en el siglo XX mexicano”. Este es un interesantísimo tema, tratado de manera inteligente. Las reflexiones de la autora bien podrían aplicarse, con reservas debidas a la situación de cada país claro está, a la educación de todo el continente latinoamericano. Comienza, con la cita de Octavio Paz, por señalar la dificultad nuclear para la educación en la región, y la existencia de dos civilizaciones: la nativa y la extranjera, tan enraizada ya, que no puede distinguirse del ser mexicano. La nación mexicana es única e indivisible como lo dice su constitución y la cultura nacional, y ahí está el meollo del asunto, se identifica desde los inicios de la historia con el castellano. Ahora bien, el capítulo muestra que la pluralidad de culturas, si bien complica la enseñanza del español, no es la única raíz de las dificultades para enseñar a leer y a escribir. La autora hace un exhaustivo análisis de los programas y estrategias de la escuela primaria en este siglo, aunque comienza por esbozar algunos datos históricos sobre el conflicto de objetivos que se presentó en la colonia entre enseñar catecismo o enseñar castellano. Desde el siglo XIX, la meta es la formación de una nación y eso se quiere lograr a partir de la enseñanza de la lengua. En el recuento del siglo XX, la autora analiza el papel de la Secretaría de Educación Pública fundada en 1921 y la labor de Vasconcelos. Más tarde, explica la creación de los Libros de Texto Gratuitos, que uniforman la enseñanza para todos los niños mexicanos; una buena idea, pero que se colma de enseñanzas morales y patrióticas no apropiadas para los pequeños. Reseña la serie de métodos que se crearon en el país, que pasaron del deletreo por el método ecléctico y el método global; con ello se va del leer para aprender al leer para disfrutar. Se explica detenidamente, en una serie de cuadros, cómo se propone, en los programas de 1959, 1972, 1993 y 2000, la enseñanza del español hasta que se logra la inserción del método comunicativo con el aprendizaje por la interacción y la reflexión sobre el lenguaje. Interesante es el papel de las instrucciones que preceden a los ejercicios, que revelan, por ejemplo a través del uso de los imperativos, la construcción de los sujetos del aprendiz y del maestro. Una sección especial se refiere a la enseñanza del español a los indomexicanos, una tarea difícil por la diversidad de etnias, pero también por la carga ideológica y discriminatoria que conlleva. Allí también muestra los distintos métodos, entre los cuales resulta llamativo el de alfabetización a partir del nombre propio. Se concluye   que el balance de la enseñanza del español como lengua materna y como segunda lengua en el siglo XX mexicano es más bien negativo, pues los ideales de nacionalismo y unidad no logran penetrar la conciencia nacional. Además, se señala que no se ha logrado mostrar a los niños que el español es parte de su identidad y que “usarlo es vivirlo” (p. 1172). Los maestros han sido víctima del cambio de programas que no han llegado a entender en su totalidad, algo que parece poderse generalizar a otros países. No se superó el anterior analfabetismo y ahora se presenta uno nuevo, con la revolución tecnológica. Un trabajo que llama a la reflexión más allá de la realidad mexicana.

El capítulo 20, de José G. Moreno de Alba, tiene como título “El papel de los modelos culturales: el tránsito del galicismo al anglicismo en el español mexicano”. Se trata de un trabajo exhaustivo de agradable lectura y llevado a cabo con los corpus más actuales del español, el CORDE y el CREA. A partir de estos materiales, el autor hace una descripción cronológica tanto de los galicismos como de los anglicismos que hay en el español. Acota que la influencia del provenzal se reduce a la Edad Media, y señala que, a pesar de la opinión de los guardianes de la lengua, hay casi tres veces más voces provenientes del francés que del inglés. Los préstamos del inglés aumentan a partir del siglo XX, sobre todo en América Latina; entre ellos hay anglicismos semánticos (significados nuevos en vocablos españoles preexistentes, como asumir por ‘suponer’) y calcos semánticos, como agresivo por ‘audaz’. En cuanto a la influencia del francés, habla de galicismos que se dan en España, pero no en México, quedando claro que no hay galicismos exclusivos de México. El autor discrepa de quienes manifiestan preocupación por la salud del idioma y sostiene que los préstamos del inglés se deben a la influencia de esta lengua como lingua franca. Asimismo, sostiene que los préstamos del inglés privativos del español mexicano son pocos, mientras que muchos anglicismos empleados en España u otros países americanos son desconocidos en México. Es un artículo ponderado e interesante. 

Otro capítulo muy esclarecedor es el capítulo 21, titulado “Las lenguas y los medios: una historia de cinco siglos”, de Raúl Ávila. El autor muestra cómo los medios de comunicación han servido para la difusión y la expansión de la lengua, en este caso la española, a pesar de que actualmente hay pequeños intentos para emplear lenguas indígenas en las transmisiones. Con la imprenta se difundió la lengua española, más que con la Gramática de Lebrija con los libros de creación literaria. La idea de nación fue apoyada por los medios masivos, porque soslaya el obstáculo del analfabetismo y da cohesión a las comunidades nacionales, y también contribuye a la estabilización de las lenguas. Explica el autor que el español se escucha en tres normas diferentes, que llama alfa, beta y gama. Son importantes para América Latina la primera, empleada en México y Bogotá, y la segunda, representada por Caracas y Buenos Aires. Se caracterizan por la ausencia o presencia del fonema /θ/ y la aspiración o mantenimiento de /s/ en posición implosiva. En la norma alfa, no se da el fonema /θ/ y tampoco la aspiración. En la norma beta, tampoco se da el fonema /θ/ pero sí la aspiración. El léxico, en cambio, es bastante uniforme en los programas de noticias, y, en México, se observa la presencia de –ismos (regionalismos, extranjerismos o neologismos) en las telenovelas mexicanas y las noticias deportivas. Con respecto a las lenguas indígenas, hay que decir que los medios transmiten la mayor parte del tiempo en español, además de que muchos indígenas prefieren alfabetizarse en esta lengua, debido a que les favorece la comunicación fuera de sus comunidades. Sólo en los Acuerdos del Gobierno Federal y el Ejército Zapatista de Liberación Nacional sobre derecho y cultura indígena del 16 de febrero de 1996 se pide garantizar el derecho de los pueblos indígenas a crear sus propios medios de comunicación. Las páginas sobre lenguas indígenas están también, generalmente, en español o en inglés. El autor apunta que los medios de comunicación masiva nos sitúan, con respecto al español, en una etapa de convergencia cuando, sin embargo, se debe aspirar a la pluralidad de normas.

El volumen cierra con el capítulo 22, de Héctor Muñoz Cruz, titulado “Significado y filiación de las políticas de lenguas indoamericanas. ¿Diferente interpretación y regulación de las hegemonías sociolingüísticas?” Es un excelente trabajo, que propone al lector una última reflexión sobre la problemática del multilingüismo en general y, particularmente, en sociedades como la mexicana, así como la coherencia entre las políticas lingüísticas y el proyecto de sociedad.

Se señalan dos tipos de regulaciones sobre el lenguaje y la comunicación: a) la intervención para impulsar una transición desde la prohibición, el desprecio y la erradicación de las lenguas minoritarias a las concepciones de reconocimiento, valoración y pluralismo; b) el rediseño de los espacios de uso de todas las lenguas. En América, se pasó de la fase del exterminio a la asimilación, formas ambas del racismo; la globalización actual ha modificado en algo estas visiones. Del enfoque tradicional que reconoce el estatus de las minorías se pasó a un enfoque relacionado con los derechos humanos. Actualmente se habla del derecho cultural, sin embargo, hay una escisión entre las políticas y la implementación de las mismas. En México, se decretó en 2003 la Ley sobre Derechos Lingüísticos para el sector indígena y una reforma educativa afín. Con ello, el Estado reconoce y protege la diversidad lingüística, así como la validez de las lenguas indígenas para las gestiones públicas.

El autor identifica tres campos temáticos en cuanto a la cuestión indígena como objeto de política lingüística, como son los conflictos y demandas de las comunidades, el repertorio de principios de protección y promoción de las lenguas y, finalmente, los métodos sociales de protección de las lenguas y promoción del plurilingüismo y pluriculturalismo. Luego hace un interesante análisis de los formatos discursivos más frecuentes en la discusión, como son las declaraciones temáticas y las definiciones, así como sobre los debates en relación al tema. Entre estos últimos distingue los debates globales, los instrumentos normativos y las publicaciones de orientación.

Llama la atención que el autor parece suscribir la opinión de Fishman de que, si bien los factores externos son fundamentales para el cambio y el desplazamiento de las lenguas, los mismos hablantes son los últimos responsables de lo que suceda con su lengua materna. Además, compara la actitud indiferente de los latinoamericanos en relación con la riqueza idiomática, con el interés que manifiestan los europeos por la diversidad. Parece haber una interlocución entre las políticas del lenguaje y las comunidades indígenas abstractas, distinta del “desentendimiento” que manifiestan las instituciones y los hablantes reales, con lo cual el panorama para las lenguas indígenas no resulta muy alentador.

Concluye el libro con los Índices Analíticos de los volúmenes 1 y 2, elaborados por Carlos Ivanhoe Gil Burgoin.



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